El ídolo

El sábado tuve que ir a trabajar. No me correspondía, pero recibí la llamada de un colega de trabajo diciendo “che Ramiro, necesito que me cubras”.

Así que me ví corriendo a las tres de la tarde para tomar el colectivo que estaba ya parado en la esquina, esperando a que el semáforo se pusiera en verde para echar a correr.

El chofer del colectivo no estaba muy interesado en abrir la puerta porque la parada estaba 10 metros más atrás y en teoría no era obligación atender a mi demanda de subir. Insistí un par de veces tocándole la puerta y me dejo entrar.
- Gracias, disculpe, hasta Independencia.
Sin mirarme marcó el importe y me fui a la mitad del colectivo mientras se escuchaba de fondo el clásico River-Boca que había sintonizado el chofer.

Había un niño sentado en el escalón del pasillo del colectivo, entorpeciendo el paso de la gente que quería pasar al fondo o bajar por la puerta del medio.
Sostenía un gran balde de pochoclos que tenía el motivo de alguna película del momento. Miraba y hablaba a su padre de fin de semana que estaba al lado mío, al lado de la ventana mirando hacia la puerta el medio.

El padre, estaba absorto viendo mensajes en su celular le decía al niño que no hable de la película porque podía haber gente que no la hubiera visto.
El niño obediente se quedaba callado y volvía a meter la mano en el balde de pochoclo.

Desde el fondo se escuchó un “¡la puta que lo parió!” de una gorda con corte rollinga que tenía puesta la camiseta de Independiente.

Y el niño volvió a sacar tema de conversación.
- ¿Quién esta jugando?
- No sé, Boca creo.

De haber levantado la mirada se hubiera dado cuenta que un mosquito estaba chupando la sangre de la frente de su hijo. Se hizo evidente cuando afloró una roncha.

Me puse a leer un libro de bolsillo que tenía en la campera y al igual que cada persona en el colectivo, siguió en su mundo, cabizbajos o mirando hacia la calle.
Y así como todos, el padre también siguió ensimismado en su mundo comprimido en un celular.

El niño también, era el único con una sonrisa mirando a su ídolo.

6 de mayo de 2013

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San Valentín

Gracias Tom Waits

Eran las 6 de la mañana del viernes. Estaba tomando un café con Leticia en un bar de una estación de servicio. Se asomaban los rayos del sol que pasaban por el vidrio y el calor se sentía en mi frente.
- Me tengo que ir – dejándola detrás mío.
- ¿Me mandás mensajito después, Ramiro?

Me fui a tomar el tren. Era la segunda vez en la semana que trasnochaba y las 10 horas laborales que venían después, sumándole las 2 horas de viaje diario me dejaba en paupérrimas condiciones.

Hice combinación tren-subte.
Una vez que salí del mundo subterráneo, me dirigí a la farmacia que estaba en la esquina a comprarme un analgésico. Ya se me estaba haciendo costumbre tomar uno cada mañana.

El loco de la esquina se encuentra en la puerta de la farmacia mirándome salir.
Siempre está allí mirando con atención la gente que entra y sale.
Hace un baile con muy poca gracia y espera recibir unas monedas a cambio.
Agradece con una reverencia y sigue haciendo su rutina de baile soso durante todo el día.

Llegué a las 8.30 para levantar la persiana de la librería en plena Avenida Corrientes.

A media mañana, un niño de no más de 10 años se asomó por el mostrador sin que me diera cuenta y me gritó:
- Dame algo – elevando una ceja
- Tomá – y le dí una revista vieja de Sudoku
- ¡No gato, dame guita!
- Pendejo, rajá que te cago a patadas.
- ¡La puta que te parió, gato! – me gritó mientras se iba alejando.

Promediaban las seis de la tarde. Una joven adolescente había salido de un colegio privado y por cada paso que hacía iba desaliñándose, como queriendo deshacerse de su prolijo aspecto. Guardó sus anteojos en el bolso y se puso unos color negro. Se soltó el cabello recogido y entró a la librería.
Se puso a hojear unos libros en promoción 2x$30, tenía en la mano uno de Ayn Rand.
Levantó su mirada levemente y se dió cuenta que le estaba observando.
Se acercó al mostrador y me dijo:
- ¿no te copás con algo británico?
Entré a Youtube y puse London Calling.
- No, ¡pero ponete otra cosa!
- Vos pediste británico – y puse Sunday Morning Call.
Inmediatamente comenzó a menearse frente a mí, esforzándose por parecer sexy.
- ¿Te vas a llevar ese libro de filosofía que estabas hojeando? No tenés pinta de gato.
- ¡Andá a cagar, pelotudo! – dió media vuelta y se fue revoleando el libro en la pila que había sobre la mesa.

Seis de la tarde.
Era tiempo de estirar las piernas y quedarme un rato en la entrada de la librería observando el trajín de la hora pico.
A mi costado, todavía quedaban tarjetas del San Valentín en una estantería.
Esas putas tarjetas del Día de los Enamorados que no hacen más que recordarme la cagada que me había mandado.
No voy a poder quitarme de la cara ni de las manos las manchas de sangre, ni olvidar aquel golpe, ni la rosa que tenías en la mano.
Todas las noches me doy con vodka para no tener estas pesadillas y tomo analgésicos por la resaca.
Voy a muriendo con vos un poco más en cada San Valentín.

¿No te acordás que prometí escribirte una tarjeta para el Día de San Valentín?

25 de octubre de 2012

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El Sr. Itoh

Ayer visitamos un lugar bastante particular por así decirlo.

Por motivo de mi cumpleaños (gracias, gracias por las salutaciones) fuimos a comer a un lugar que hacía tiempo queríamos ir. Está a la vista de todos en pleno San Telmo pero escondido a la vez.

Este lugar se llama “Sukiyaki”. A simple vista parece estar cerrado, abandonado, olvidado entre los nuevos boliches que se abren paso en uno de los pocos barrios que posee todavía algunas calles de adoquines que no fueron tapadas por asfalto.

El restaurante sólo trabaja con reserva y cuando llegamos a la puerta, parecía que estaba cerrado, sin embargo adentro había luz y movimiento.

Llamamos y salió un viejito, el señor Itoh, asomándose por la puerta diciendo “pasen, pasen, no levanto la persiana porque no tengo fuerza”. Sólo nos iba a atender a nosotros dos.

La primera impresión que tuve del lugar, fue olfativa. Inmediatamente me hizo recordar al comedor de la casa de mi abuela. Ese olor a guardado, mezcla con algo de incienso, olor a madera y comida.

Estaba todo en penumbra, pero podía verse con claridad una bicicleta apoyada sobre una mesa donde había una computadora que daba la impresión que hacía años había dejado de funcionar. Varias botellas de shochu conformaban la decoración de las paredes y había muchos libros japoneses acumulados por ahí. No podían faltar los ejemplares de La Plata Hochi.

Había varias mesas, pero nos sentamos en la única mesa que estaba iluminada y en la que había un anafe con una olla para sukiyaki conectada a una garrafa pequeña.

- Solo atiendo por reserva porque ya estoy viejo y no puedo atender a todos juntos – decía el Sr. Itoh con mucha dificultad para hablar -. Si atiendo todos juntos, ¡aaaaah aaaah -movía las manos de un lado a otro- no sale bien!

De repente lo vimos sacudirse como con un espasmo y se agarraba la cabeza. No entendíamos que pasaba pero al Sr. Itoh es mejor no preguntarle.

- ¿Vos que vas a tomar?
- Eeeeh, ¿agua?
- ¿Aaaagua? ¿Cómo vas a tomar agua? ¡Vos tomás cerveza, si no tomás cerveza no le vas a sentir el gusto a la comida!

Y dicho ésto, se dirigió a la heladera que si no era marca Siam, debe haber sido Peabody, muy vieja. Me asomé para ver que tenía algunas botellas, un maple de huevos y ví que sacó una botella de litro de Quilmes. También sacó una botellita de agua mineral para la Srta. V.

El Sr. Itoh no te pregunta qué querés comer, él te trae lo que él quiere, como quiere y la cantidad que quiere. También con esa actitud te cobra lo que quiere.

Lo primero que nos trajo fue sashimi y mientras nos echaba shoyu a los platitos, nos iba contando con tono histriónico su problema de salud y su reticencia a los médicos. Típico de viejo japonés duro que le huye a los médicos y piensa que nadie sabe nada, mucho menos su familia.

- Ninguno de los médicos sabe naaaaada, ¿cómo van a saber si ellos no son yo? ¿Ve? – y me miraba con los ojos bien abiertos. Los japoneses que hablan castellano son muy graciosos por la efusividad o entonación que utilizan en algunas palabras -. Tengo este problema desde el 2000, me dieron 4 meses de vida y mi médico se murió antes. Me dicen que tomo de todo, puro remedio… ¡Aaaaah, andá a la puta que lo parió! ¿Ha visto? Médico se murió antes -sonriendo-, en algún momento me voy a morir yo también. Siento mucho dolor en el cuello.

De su problema de salud venían esas punzadas que tanto se quejaba.

Mientras comíamos él se ponía detrás de un mostrador viejo como él mismo. Tan viejo como el de los viejos bodegones y desde esa posición nos habló de casi todos los temas que podríamos habernos imaginado. A pesar de su edad y sus problemas de salud, estaba lúcido y al tanto de la realidad del país.

Sukiyaki

Fue saltando de tema en tema, política, religión, los japoneses y sobre Nietzche. Este tipo no encajaba con mi concepto de inmigrante japonés. O tal vez sea hijo de la primer camada de inmigrantes japoneses del siglo XX.

Después vino y nos encendió el anafe y mientras hablaba iba echando la carne, las verduras, los hongos y la salsa para el sukiyaki.

Sabíamos que no podíamos intervenir en su ritual culinario por lo tanto ni siquiera atinamos a romper el huevo hasta que nos lo indicó.
- ¡Dale, rompé huevo, ahí ahí ponelo! ¿no va a comer?

Observando con atención a mi alrededor ví un cuadro donde había una mención que era de la gobernación de Iwate-ken.

- ¿Y eso? – le señalé
- ¡Ah, que se yo! A veces vienen de embajada. Es algo que me dió el gobernador por difundir cultura japonesa. ¡Qué me importa eso! ¿Sabe qué? Yo soy famoso ahora que soy viejo. ¿Y sabe por qué? Porque soy el único viejo que cocina. Ahora estoy en Internet. ¡Qué se yo!

Es verdad. Tanto en Guía Óleo como en Tripadvisor y algún que otro sitio web, este lugar es conocido tanto por su comida como por el viejo cascarrabias que lo atiende.

No no, Sukiyaki no es para la gente que tiene baja autoestima y quiera sentirse que la atienden como un Dios o eminencia. La relación que se establece con el Sr. Itoh es casi de uno a uno o de igual a igual. En verdad, uno está siempre un escalón más abajo, son las normas de reigi. Uno escucha y asiente con la cabeza.
Cenar con el Sr. Itoh es palpar y aprender sobre la forma de ser de los japoneses de antes, idiosincrasia a veces incomprendida.

Terminamos y con una reverencia nos fuimos.
Ha sido un gusto, le agradezco.

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La prostitución en China bajo control japonés durante la 2da Guerra Mundial

Los sitios web de fotoperiodismo que tengo en mis favoritos son The Big Picture del Boston Globe y Lens del New York Times.
Allí encuentro un excelente trabajo de investigación acompañado siempre por la sensibilidad del ojo de quién toma la fotografía.

Sobre el primer artículo que quería hacer referencia es sobre la prostitución de civiles coreanas por parte de las fuerzas armadas japonesas durante la ocupación en China durante la 2da. Guerra Mundial.
35 años de ocupación japonesa de Corea es una cicatriz que no sé cuándo va cerrar.
Muchas jóvenes coreanas fueron obligadas a ir ciertos territorios chinos o engañadas con la promesa de que allí tendrían trabajo. Es lo que actualmente denominamos “trata de personas”.

Terminada la guerra, las fuerzas japonesas se retiraron pero ellas quedaron allí, aisladas y olvidadas.
Quedaron mucho más aisladas durante la guerra de Corea y tiempo después sólo recibían asistencia humanitaria de Corea del Norte. Algunas decidieron volver a la Corea comunista donde las condiciones de vida eran peores que en China.

La mayoría ya tienen entre 80 y 90 (algunas fallecieron a los 101), solas y sin hijos ya que nadie quería casarse con prostitutas (yo diría esclavas sexuales). Incluso muchas mujeres ya se han olvidado casi de su idioma materno o lo hablan con dificultad.

El artículo se llama “A War’s Cold Comfort in China” y las fotos son de Ahn Sehong.
Las imágenes son fuertes y reflejan el dolor y la angustia de las vejaciones, del abandono y el desarraigo.
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Paantu y shamanismo

Okinawa es una caja de sorpresas. Uno no termina de asombrarse de la riqueza cultural de la prefectura.
Hace mucho tiempo atrás me compré un libro sobre las islas Okinawa, Miyako y Yaeyama llamado “Southern Breeze” (南の風) de Shokyu Otsuka.
El libro recorre estas islas del archipiélago de Ryukyu con fotos a todo color de la flora y fauna y un componente importante: la gente.
Una foto que me gusta mucho es ésta.

paantu

Paantu o パーントゥ

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Incursión en la comida de Ohno

El programa “O3. Oriente, Occidente, Ohno” es el programa de cocina de Takehiro Ohno, un cocinero japonés que después de dar algunas vueltas por el mundo vino a vivir a Argentina. ¿Amor, un audaz, un loco o un enamorado de la impredecibilidad?
No importa, el tipo está acá y transmite de una manera muy simple y amena la gastronomía japonesa quitándole el halo de “complicada” o “sofisticada”. Con elementos que se encuentran a mano (o casi a mano) se puede hacer buena comida, sana y rica. Gracias a la tecnología, los videos de las recetas están en youtube y en el sitio web del Gourmet. Además, aprovechando herramientas como Evernote, copio las recetas en la nube y las voy chusmeando en otra parte (cocina o supermercado) con el celular que me sirve de machete.
Transcribo un par de recetas que encontré porque son muy fáciles de hacer y porque en cierta forma me trajeron recuerdos de: alguna misa japonesa (suena tétrico), algún festejo y alguna que otra vez en tierras niponas.

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Batalla (me pareció interesante compartir)

En la sección de carta de lectores de La Nación encontré una carta que a mi entender tiene que ver con la memoria, educación y política selectiva que sigue el gobierno nacional.

BATALLA
El próximo 3 de febrero se cumplirá el bicentenario de una gesta patriótica y punto de inflexión en lo que fué la guerra de la independencia de nuestro país. Me refiero al batalla de San Lorenzo, bautismo de fuego de los granaderos a caballo y primer combate en territorio argentino del general José de San Martín. Ese día no será feriado. Puedo aceptar que el revisionismo histórico revalorice algunos hechos, como la batalla de la Vuelta de Obligado, también feriado nacional, o los que este año se conmemoran. Pero no darle mismo valor a acontecimientos que también marcaron la historia de nuestro país me parece por lo menos injusto.

No hay feriado por el 3 de febrero, solo resta esperar ese día los homenajes de las autoriades nacionales al bicentenario del combate que constituyó el inicio triunfal de la campaña libertadora del general San Martín.

Wenceslao Wernicke
DNI 21.954.898

Enlace: http://www.lanacion.com.ar/1549595-cartas-de-los-lectores

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