Berretín

“Buen día master” le decía todas las mañanas al guardia del edificio.
El tipo apenas asentía con la cabeza.

El ascensor tenía un lugar más.

El 2do piso era el cortado con dos medialunas para el abogado Manzano Flores.
- Permiso, su café doctor.
- Gracias pibe, acá tenés. Llegastes tarde eh, son las nueve y cinco.
Tomé el dinero y girando sobre los talones comprobé que me había dejado 25 centavos de propina. Amarrete hijo de puta.

Quinto piso, té con leche y tostadas de pan negro para el gerente de la agencia de turismo. Esta vez la propina era mejor pero era un rotoso billete de dos pesos.

Salí del edificio y me dirigí hacia Lavalle. Allí estaba Melany; tatuaje de un delfín en el hombro izquierdo, pelo teñido de rojo y una hebilla que brillaba por el reflejo del sol mañanero. Ella repartía volantes de un local que está en la esquina.
“hola, ¿qué tal?” iba repitiendo en mi cabeza cada vez que pasaba a su lado pero nunca se lo decía, seguía de largo.

Doce del mediodía comenzaba el verdadero trajín. De ahí en más, dos horas sin pausas.
Esta vez ya no era una bandeja con cafés sino era ir con tres o cuatro bolsas en cada mano.
Milanesa napolitana con fritas, milanesa a caballo, milanesa con puré, lomito completo, guiso de lentejas y ensalada césar.
¿a quién se le ocurría pedir ensalada césar en un bar que se especializaba en hacer milanesas con aceite recalentado?

Cuatro de la tarde, cortadito de nuevo. Ya tenía cincuenta pesos de propina. Melany estaba repartiendo volantes con otra compañera y la ví de refilón otra vez.

Cinco de la tarde terminé mis labores, hice un bollo la ropa de trabajo y la metí en el bolso.
Desencadené la bici y esta vez me dirigí donde Melany.
No estaba en la esquina, sino que estaba a veinte metros antes, en la puerta de un conocido prostíbulo cuyo cartel decía “St. Patrick’s Pub”.
Lo único irlandés era el dibujo de trébol y allí, en la puerta, estaba el Dr. Manzano Flores con ella. El viejo estaba muy cariñoso y ella lo llevó al interior.

Seguí de largo y me dirigí hacia San Telmo casi Lezama, donde vivía.
Un hotel familiar para pasajeros venido abajo era mi hogar de hacía meses.
En el patio interior unos viejos jugaban al dominó. Yo los observaba desde la galería del primer piso.

Me fumé un pucho mientras en la otra mano sostenía un porrón.
Tomé la decisión: un revólver y cien pesos de propinas anteriores mientras repasaba en mi cabeza: “entrar al cabaret con guita solo para verla y decirle che, vámonos a la mierda, tenemos que ser libres y vivir. A la menor resistencia, sacar el revólver y llevármela por la fuerza”.

Roberto, un jubilado en camiseta, me estaba observando porque había dejado la puerta abierta de mi cuarto.
- Pibe, ¿qué hacés con eso? ¿vas a robar?
- No. Solo quiero ser libre.

15 de febrero de 2012

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Supervisor de abeja

Cita

Hoy escuché esta frase que me pareció interesante citarla:

If you can’t be replaced, you can’t be promoted

Un concepto que choca contra la anhelada estabilidad laboral pero que a la vez nos da un sacudón para reveer nuestras expectativas a corto, mediano y largo plazo.

Tal vez deba dejar mi puesto de supervisor de abeja.

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Amabilidad

El sol pega bastante fuerte ya desde tempranito en la veraniega mañana santafesina.
Horacio, mi viejo, viene bicicleteando desde su casa que no es muy lejos. En Santa Fe todo queda relativamente cerca.
Deja la misma en el zaguán de la tintorería y ahí mismo se quita la bermuda y sandalias para ponerse un pantalón de vestir y mocasines.

El sofocante calor no lo condiciona para mantener una cierta formalidad heredada del trabajo que hacía su padre ni impide que se tome un mate cocido a media mañana.

En verano el trabajo merma y no hay mucho para hacer más que escuchar la radio y esperar a recibir el diario vespertino, el cuál lee de atrás para adelante como si fuera un diario japonés. O tal vez lo hace porque prefiere resolver los crucigramas por sobre todas las cosas.

De repente, justo enfrente de la tintorería estaciona -cometiendo infracción porque no puede estacionar en pleno boulevard- una señora elegante que baja del auto para buscar una prenda.
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Formato obsoleto

De vez en cuando me gusta dar vuelta por las librerías para chusmear qué hay, hojear libros y por supuesto, comprarme alguno.
Hoy pasé por el Gran Splendid para comprar unos CDs. Uno de Stevie Wonder para la Srta. V y un compilado de Collective Soul para mí. Ambos ejemplares actualmente no son muy comunes de conseguir en las disquerías de hoy día que están prácticamente fundidas.

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Collective Soul junto a bandas como Hootie & The Blowfish, The Wallflowers, Stone Temple Pilots y Tool marcaron mi adolescencia. En Santa Fe no era fácil conseguir estos discos y veo que ahora tampoco lo son.

Algún lector se preguntará para qué comprar CD si se puede bajar de Internet (legal o ilegamente). Creo que no es un pensamiento errado.
Desde el punto de vista práctico es más barato, es rápido y mucho más eficiente la bajada de un tema que nos guste -o un disco entero- y pasarlo al reproductor de MP3 que ir a comprarlo para escucharlo en un reproductor de CD.
Ni hablar de utilizar los torrents para bajar la “discography of Pirulo – FLAC – 10 gbytes”.
No es algo ajeno a mí utilizar estos medios para bajar música que no siempre termino escuchando en su totalidad.

El modelo de venta de música como iTunes o Nokia Music para bajar la canción que queramos a una calidad aceptable es todo un éxito en estas épocas de ultra-hiper-conexión a través de redes cableadas e inalámbricas.

Pero yo protesto contra ello y me refugio en las disquerías, las cuales en algún un momento fueron templos de la música (aunque todas se salvaran vendiendo CDs de cumbia).
Se me viene a la mente la compra de CDs por catálogo. Esos lugares que cuando uno iba, el dueño del negocio -si tenía confianza con uno- sacaba con orgullo una carpeta escrita a máquina donde uno podía encontrarse con tres versiones de un mismo disco. Tal disco de Metallica importado de Estados Unidos, el importado de Alemania y el de industria nacional. Siempre tenía mejor calidad de impresión el que traían de Alemania. Dependiendo de qué edición sea, venía con algún bonus track o más hojas en el librito.
A veces uno podía de encontrar ediciones de KISS que eran importadas de Japón, vaya uno a saber por qué.

La cosa es que hoy, dentro la reducida (comparada con hace años atrás) sección de música del Gran Splendid, me sentí como en mi adolescencia cuando iba y me agarraba 5 o 6 CDs para escuchar. Solo que esta vez era un poco más moderno. Pasaba el código de barra de las cajas por un lector y podía escuchar parte de la canción que estaba almacenada en una base de datos. Así estuve casi una hora.

Hace más de 15 años, escuchar música a través de la red (entiéndase por BBS) como hoy en día era cosa película de espías y la única forma de conocer artistas era escuchando la radio, yendo a las disquerías o pasándose los cds con amigos y/o conocidos.
Para la gente joven del siglo XXI, compartir/prestar discos puede sonar raro pero era una suerte de “filesharing primitivo” mezclado con red social. La diferencia es que en ese tiempo cuando uno compartía su música, lo hacía en serio porque hasta que no nos devolvieran el CD no teníamos música.

Cerca de casa hay un negocio que mantiene bien intacto ese espíritu noventoso, donde el dueño del local pela el catálogo de música a ávidos melómanos. Allí uno puede encontrar incluso hasta LP nuevos (ediciones de lujo).

En estos últimos meses cayó en evidencia que el modelo de venta de música por medios físicos digitales o analógicos está en decadencia y obsoleto. En algún momento van a ceder.
El CD viene durando un poco más que el MiniDisc pero tal vez menos que las cintas de casete.
¿Desaparecerá o terminará subiéndose al podio de los objeto de culto como los LP?

Por ahora mis artistas favoritos tienen un lugar en mi torre de CDs del living.

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